domingo, 21 de junio de 2026

ana.

Quiero bajar de peso.

Es una cosa frívola para escribir, pero la idea se clavó nítida en mi mente hace unos días: quiero bajar de peso. En realidad, es un pensamiento que anidó en el núcleo de mi vida cuando desde que puedo bajar la cabeza y encontrarme con mi propio estómago. Bajar de peso fue una meta toda mi vida, aunque en los últimos tres años de manera solapada, porque otras cosas más importantes (más terribles) ocupaban mi cabeza.

Hace poco me pesé en la casa de mi abuela y la balanza marcó un número con el que me sentí, después de años de pensar que estaba gorda pero no tan gorda, incómoda: 70 kilos.

Vi el setenta e, instantáneamente, me transporté a mi adolescencia, a esa época en la que tenía un blog pro-ana hiperpopular: rhapsodiah. Ahora ya no existe. Hace muchos años que no existe.

Pero me recuerdo en mi habitación, escribiendo. Todos los días escribiendo sobre bajar de peso. Y adjuntando al final de cada entrada el intake, lo consumido durante el día. Si eran menos de ochocientas calorías, era una victoria. Llegué a pesar casi cincuenta kilos, sin que mi altura fuera tan distinta de la que tengo hoy (1.70 mts).

Pensé (y lo escribo con el conocimiento de quien sabe que está mal) que la chica que era entonces se horrorizaría si viera a la mujer que soy hoy.

Qué cosa increíble: me convertí en mi propio fantasma.

Volviendo al asunto: es frívolo. Pero igual quiero bajar de peso. También quiero ser hermosa y tener el pelo largo. Vestirme lindo. Tener las uñas delicadas. Eso: ser delicada.

¿Pero se puede, a los treinta, ser delicada? Siento que no son cosas compatibles.

Y, sin embargo, quiero cultivar dentro de mí un mundo secreto donde todavía abrace aquel tiempo pasado. El cuerpo como territorio. Los huesos marcados en la piel como un camino hacia el cementerio.

Sí, ya sé. Está mal. Pero ¿dónde más voy a sincerarme si no es acá?

Quiero afilar tanto mi cuerpo que también me pregunto qué es, exactamente, lo que estoy buscando cortar.

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