viernes, 26 de junio de 2026

balanza.

Me compré la balanza. 

Estoy pisando los 67 kg. Bien, por lo menos salí del umbral de los 70 kg, no podía con esa idea. Estoy cerca, sí, pero aunque sé que la primera pérdida de peso se corresponde más a perder líquido, no me molesta. 

Un poco de hambre cada día. Más cerca de sentirme yo de nuevo. 

Quiero sentirme liviana como un pájaro a ver si tengo suerte y puedo irme volando lejos de acá. 

miércoles, 24 de junio de 2026

mia.

 

No quiero sentir el peso de la comida en mi estómago. No me gusta vomitar, me hace sentir muy mal, triste. Veo mis ojos inflamados frente al espejo y las venitas reventadas al costado de la nariz por el esfuerzo de purgarme frente al indoro y me hace sentir miserable. 

Pero siendo sincera, no quería tener la comida en mi estomágo. 

Todavía no pude pesarme, tengo que comprar una balanza. Me encantaría ver un kilo menos. 

Me siento muy sola. Estando acostada toco el contorno de los huesos de mi cadera pero me disgusta encontrarme con el bulto que es mi estómago. Me paso las manos por el borde de las costillas y cuando termino me encierro en un abrazo. 

Para qué me sirve la comida si estoy tan triste que masticar es un esfuerzo. Y cuando no lo es, es una vergüenza. 

Me siento sola y no me importa fascinarme con mis huesos. Quiero conocerlos para saber qué me estoy llevando a la tumba. 


domingo, 21 de junio de 2026

ana.

Quiero bajar de peso.

Es una cosa frívola para escribir, pero la idea se clavó nítida en mi mente hace unos días: quiero bajar de peso. En realidad, es un pensamiento que anidó en el núcleo de mi vida cuando desde que puedo bajar la cabeza y encontrarme con mi propio estómago. Bajar de peso fue una meta toda mi vida, aunque en los últimos tres años de manera solapada, porque otras cosas más importantes (más terribles) ocupaban mi cabeza.

Hace poco me pesé en la casa de mi abuela y la balanza marcó un número con el que me sentí, después de años de pensar que estaba gorda pero no tan gorda, incómoda: 70 kilos.

Vi el setenta e, instantáneamente, me transporté a mi adolescencia, a esa época en la que tenía un blog pro-ana hiperpopular: rhapsodiah. Ahora ya no existe. Hace muchos años que no existe.

Pero me recuerdo en mi habitación, escribiendo. Todos los días escribiendo sobre bajar de peso. Y adjuntando al final de cada entrada el intake, lo consumido durante el día. Si eran menos de ochocientas calorías, era una victoria. Llegué a pesar casi cincuenta kilos, sin que mi altura fuera tan distinta de la que tengo hoy (1.70 mts).

Pensé (y lo escribo con el conocimiento de quien sabe que está mal) que la chica que era entonces se horrorizaría si viera a la mujer que soy hoy.

Qué cosa increíble: me convertí en mi propio fantasma.

Volviendo al asunto: es frívolo. Pero igual quiero bajar de peso. También quiero ser hermosa y tener el pelo largo. Vestirme lindo. Tener las uñas delicadas. Eso: ser delicada.

¿Pero se puede, a los treinta, ser delicada? Siento que no son cosas compatibles.

Y, sin embargo, quiero cultivar dentro de mí un mundo secreto donde todavía abrace aquel tiempo pasado. El cuerpo como territorio. Los huesos marcados en la piel como un camino hacia el cementerio.

Sí, ya sé. Está mal. Pero ¿dónde más voy a sincerarme si no es acá?

Quiero afilar tanto mi cuerpo que también me pregunto qué es, exactamente, lo que estoy buscando cortar.